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Mucha ira contenida. El cansancio; la insoportable certeza de que sus mensajes, sus lemas, sean cuales sean, se vuelven sistemáticamente en contra nuestra.

Luego, una concentración, un primer campamento improvisado, la policía que lo desaloja y lo inesperado: cientos de personas responden a la misma ira. “¿Nos han echado? Pues volveremos”. Y volvieron. Ellos y cientos más. Y los cientos luego fueron miles. Hasta llenar la plaza, hasta tomarla, hasta ocuparla ante la mirada impotente de la policía. El poder, ahora, aunque sólo fuera allí, en la plaza, estaba entre nuestras manos.

¿Qué hemos aprendido? Nada que no supiéramos. Pero ahora lo hemos visto. Lo hemos vivido. Hemos vivido la euforia, el poder de sentir que producíamos conscientemente nuestra propia historia. El poder del pueblo. La tan manida democracia. ¿Qué hemos aprendido que ya sabíamos?

El número: Ante una concentración tal de personas, varios miles en una plaza, la policía sólo tenía dos opciones: una masacre o no hacer nada. No podían permitirse la masacre. Así que tomamos la plaza. Y ellos sólo han podido mirar. La plaza ha quedado en nuestras manos. La hemos cambiado, la hemos transformado, y nadie nos podía parar.

El lugar: La plaza. Una plaza amplia en la que confluyen al nueve calles. Y ninguna lo suficientemente grande como para poder desalojarnos de allí. Rebasado un cierto número, el desalojo era imposible. Rebasamos el número, y el desalojo se volvió imposible.

La organización: Más allá de la primera concentración, nadie nos convocó. Nadie nos invitó a tomar la plaza. Nos dimos cita en ella. El mensaje se transmitió de uno a otro, transitando por nuestros contactos personales... Y en la plaza, por fin pública, todo se decidió en asambleas. La organización se dividió en comités. Comités temáticos (intendencia, comunicación, coordinación, feminismo, propuestas, acciones, informática, comunicación internacional) que han celebrado sus reuniones sentados bajo carpas o en cualquiera de las calles adyacentes.

La diversidad: Esos comités, esas asambleas, la plaza entera ha estado tomada por todo tipo de gente. Aunque predominaran los jóvenes, había allí personas de todas las edades y de muy diferentes condiciones sociales. Unos venían del movimiento okupa, otros de grupos autogestionarios, otros de sindicatos, o agrupaciones vecinales, o incluso de diferentes corrientes políticas, pero lo más importante: dada la enorme cantidad de personas que allí nos reunimos, para muchos esta ha sido su primera experiencia política. Y nadie ha sacado sus banderas. No había banderas, ni lemas unitarios, ni reivindicaciones de principio para todos; nos juntamos para expresar nuestro malestar y juntos, desde nuestras diferencias, hemos gritado que queremos y podemos cambiar las cosas.

La solidaridad: En la plaza hemos sido varios miles, pero han sido muchos más los que por fin han respirado al ver esta reacción. Han respirado, se han solidarizado, y nos lo han agradecido. ¿Pruebas? Desayunos pagados a todos los presentes por vecinos anónimos; donaciones de comida y bebida hasta el punto de desbordar los almacenes de la intendencia; comidas gratuitas para todos; material informático de alta calidad que llega regalado para cubrir las necesidades de los comités... En la plaza éramos miles; fuera muchos más.

La comunicación: Tras el primer desalojo, el primer grito de “volveremos” prendió como la pólvora por las redes sociales. Correo electrónico, twitter, móviles, redes cualesquiera se han convertido en las vías de contacto más inmediatas. Nadie pensó en creer a los periódicos cuando al tiempo teníamos el testimonio directo de tantos otros que nos lo han contado en persona a través de la red. Y los periódicos terminaron también yendo a esas redes para mirar lo que pasaba. Esas redes están a nuestra disposición. Podemos saltarnos a los intermediarios de los medios tradicionales, o incluso convertirlos en ocasiones en reproductores de nuestros mensajes. La palabra también es nuestra.

Los objetivos: El objetivo primero está logrado. Queríamos gritar y nuestro grito se ha escuchado en el mundo entero. Pero nuestro grito no es un grito sin sentido. Hemos gritado, nos hemos escuchado, y eso nos ha llenado de fuerza, de nuestra propia fuerza. Las asambleas, los comités son ahora el canal por el que expresar lo que queremos, lo que pretendemos hacer. Somos muchos y muy diversos. Negociaremos unos con otros las líneas a seguir, los pasos a dar. Pero el paso más importante está dado. Nos hemos despertado con un grito y hemos visto que a nuestro lado había otros muchos gritando.

Nosotros somos el pueblo. Y hemos visto que digan lo que digan, hagan lo que hagan, si nos reunimos, si nos decidimos, el poder es realmente nuestro. La democracia puede ser real. Y podría serlo ya. Mirad nuestra experiencia, y sabed que tampoco a vosotros os podrán parar.

Cerrad los ojos, cogeos de la mano, gritad... gritad más fuerte... y ocupad la plaza. La plaza, el poder y la historia serán vuestros.